Arame y Bougna son las madres de Lamine e Issa, emigrantes clandestinos que han partido hacia España. Coumba y Daba, sus esposas. Con sus ojos vemos como es la vida de las mujeres que aguardan al hombre que ha emigrado a Europa. Como son las rencillas entre coesposas y la red tan complicada de relaciones que supone la poligamia. Como es la precariedad de la pobreza extrema.
En Las Que Aguardan, la joven escritora senegalesa Fatue Diome nos sumerge en la vida familiar y social del mundo rural de Senegal: los conflictos derivados de la poligamia, las dificultades para llevar una vida digna, los roles de cada sexo, las pasiones, sueños y anhelos de jóvenes y ancianos, la pesada carga de la tradición.
Su estilo se inspira en el arte tradicional de la narración, tal y como se practica aún en África. Con sus descripciones precisas y auténticas, un humor travieso y un lenguaje mordaz, pero matizado, Fatue Diome, traza un inquietante retrato de las dificultades de la vida diaria de las madres y esposas que esperan la vuelta de los que se lanzan a la aventura de la emigración a Europa, las esperanzas frustradas, el dolor por la ausencia de los seres queridos.
Un mes después de la partida de los emigrantes, sus padres seguían aguardando noticias. Planeaba la inquietud, también la tristeza, pero la urgencia de llenar el puchero mantenía el ciclo habitual de las actividades. La pesadumbre en la almohada, la depresión pasiva, es un lujo ofrecido a quienes pueden contar con sus reservas. Los demás, sabiendo vacío su granero, no tienen tiempo de incubar sus estados de ánimo bajo un cobertor, los llevan en lo más profundo de ellos mismos para tomar las curvas. En la isla, incluso quienes tenían buenas razones para arrastrarse encontraban cada día el impulso necesario. Se bogaba por el océano de la existencia, con todo el viento. Se iba, se venía, se escuchaba, se contaba. Y nada permanecía secreto mucho tiempo.(página 167)
Issa llamaba todavía, pero muy raras veces. Ella ni siquiera se lo reprochaba. Había dejado atrás las fases de despecho, de cólera y de lamentos. El estertor de la muerte nunca ha convertido la sal en azúcar. ¿Para qué aullar su amargura? Todo el desamparo de Coumba se hallaba en sus párpados. Por lo demás, quería difuminarse, volverse transparente, inexistente para sí misma y para los demás. “¡Quienes nos olvidan, nos asesinan¡”, ésa era su certidumbre. Issa llevaría algún día su muerte en su conciencia, se decía, cuando no podía conciliar el sueño. Sin embargo, no intentaba nada para evadirse de su mazmorra. Permanecía allí, en la gran concesión familiar donde no sabía ya qué aguardaba. ¿A un hombre, un divorcio o una muerte? (página 259).
Santiago Lleo